Hay dos ideas contrapuestas que pasan continuamente por mi cabeza cuando pienso en la innovación. Una primera está siempre relacionada con la velocidad, sin llegar a las prisas, pero sí con la ambición de ser los primeros, lo que significa que en nuestro ámbito queremos liderar la innovación. La segunda idea contrasta con la primera y relativiza el concepto del tiempo o de la velocidad necesaria para innovar, porque me doy cuenta de que por donde andan nuestras mentes y nuestras ideas, ya han pasado otras generaciones, y que lo importante no es tanto la rapidez sino la perseverancia.

Sin embargo, y aunque la perseverancia sea clave y en ocasiones no seamos los primeros en innovar, sí pienso que las necesidades sociales y empresariales están cambiando más rápidamente, y por lo tanto el factor de la velocidad, de aprender a reinventarnos, de innovar más rápido, tiene cada vez más peso.

Pero esa necesidad de innovar cada vez más rápido requiere sin duda de dos elementos clave, el primero, la motivación para innovar, y el segundo, la preparación para afrontar la innovación.

El primer elemento siempre me recuerda a un encuentro con la responsable de innovación de una multinacional finlandesa, donde ella nos trasladaba lo difícil que era innovar en su empresa de éxito. En su compañía la mayoría de la gente no quería salir de su área de confort y arriesgar en terrenos que, aunque conocidos, no eran seguros. Ella venía a decir que el ser humano de por sí no tiende a salir de la zona de confort, y que por lo tanto, para impulsar la innovación era necesario tener esa sensación de amenaza mantenida.

La reflexión que ella hacía se ha puesto de manifiesto en esta pandemia que hoy nos amenaza. El SARS-COV-2 ha obligado a muchas organizaciones a innovar sin quererlo, a salir de la zona de confort, a innovar y a cambiar las formas de ofrecer nuevos y viejos servicios. En Mondragon Unibertsitatea tuvimos solo un fin de semana para salir de nuestra “zona de confort” y convertir, a través de la tecnología, los hogares de trabajadores y trabajadoras y estudiantes en los nuevos campus. Lo hicimos poniendo en marcha un gran proyecto de innovación en todas las actividades de la universidad.

Ahora bien, esta innovación fue más forzada que deseada, y creo que lo hicimos bien y que hemos aprendido mucho para el futuro. Pero nuestro buen desempeño fue posible por el segundo elemento clave que comentaba anteriormente, por estar bien preparados para la innovación. La innovación no será casi nunca fructífera si en el camino no nos hemos preparado lo suficiente para luego poder dar una respuesta adecuada en calidad y tiempo.

En definitiva, innovar requiere: actitud para sentirse siempre algo incómodo y buscar la mejora continuamente, y también aptitud, para estar lo suficientemente preparados para abordar las innovaciones necesarias. Cualquier país que quiera ser competitivo requerirá ser también un país innovador, y creo que para eso no hay mejor inversión que seguir formando jóvenes con actitud, aptitud y valores que tengan ese espíritu y ambición de salir de vez en cuando de su área de confort.

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