El diccionario de la RAE define «innovar» como «Mudar o alterar algo, introduciendo novedades». Y puntualiza que «innovación» (además de la consabida «acción o efecto de innovar») es la «Creación o modificación de un producto, y su introducción en un mercado». Es decir, parece que el concepto de «innovación» está muy vinculado al mundo empresarial.

En estas líneas quiero hablar de «innovación» de una manera más amplia, no solamente centrada en productos, sino también en aspectos menos tangibles como el respeto, la participación y el cuidado de la ciudadanía.

La periodista y activista feminista Caroline Criado Perez alude en su libro La mujer invisible (obra premiada por el Financial Times como el «mejor libro de negocios de 2019») a lo que define como el «enfoque de talla única para los hombres». Esta perspectiva, que adolece de falta de información y desinterés por lo que nos pasa o preocupa a las mujeres, ha provocado que los avances tecnológicos y las grandes decisiones políticas o urbanísticas se hayan tomado excluyendo (de manera inconsciente, pensando bien) al 50 % de la población. Y, al prescindir de la mitad de la sociedad, ese supuesto «progreso» ligado a la «innovación» ha beneficiado más a los hombres en todos los aspectos de su vida, desde el cuidado de su salud a sus oportunidades laborales.

¿Se «innova» solo para ganar más dinero o simplemente para generar necesidades sociales (a veces, por cierto, completamente superficiales)? Entiendo que la «innovación» debe perseguir la mejora de la vida de las personas; no puede ser un fin en sí misma.

Una «innovación» que llegara a toda la ciudadanía debería estar liderada por mujeres y hombres en equidad. Debería tener en cuenta la necesidad de privilegiar los cuidados, esos que «la brecha de la perspectiva» (así lo denomina Caroline Criado Perez) ha ignorado desde siempre. Una buena «innovación» debería detectar y eliminar los sesgos introducidos en esos teóricamente «asépticos» algoritmos que privilegian contratar a un hombre (blanco) en vez de a una mujer igual de cualificada. La «innovación» liderada por mujeres y hombres sería consciente, por ejemplo, de que las manos de las mujeres son más pequeñas que las de los hombres y que, por lo tanto, los dispositivos o cualquier tipo de instrumento debe adaptarse a ellas. Debería también apostar por una investigación de calidad y con perspectiva de género, una que no tomara a los varones como modelo de «ser humano estándar».

La auténtica «innovación» debería tener en cuenta las necesidades y opiniones de las mujeres, de las personas mayores, de los colectivos desfavorecidos. Me quedo con la definición de «innovar» como «Mudar o alterar algo, introduciendo novedades». Aunque las «novedades» no se reducen solo a la creación de los nuevos productos. También son «novedades» las miradas diversas, las diferentes perspectivas que pueden conseguir un mundo más equilibrado, más justo, más honesto… incluso para aquellos que no han sufrido en exceso el peso de la discriminación.

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Marta
Macho
Profesora Doctora en Matemáticas
UPV/EHU

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