A comienzos de 2026, Business Finland, la agencia finlandesa de promoción económica e innovación, reordenó su cartera de ayudas para concentrar recursos en la I+D empresarial y en la colaboración entre la ciencia y la empresa. La propia agencia atribuye estos cambios a la necesidad de maximizar el impacto de unos recursos cada vez más limitados. Finlandia —un país pequeño y avanzado, que puede servir de referencia para Euskadi— ilustra una disyuntiva que empieza a ser europea: cuando el dinero escasea, hay que elegir. Y no es un caso aislado.

¿Por qué aumenta la presión sobre la financiación de la I+D+i?

Confluyen varias dinámicas. La ralentización económica, el aumento del gasto en defensa y el encarecimiento de la deuda ya venían tensionando los presupuestos públicos en numerosos países europeos. A ello se han sumado las tensiones geopolíticas abiertas en Oriente Medio — guerra entre EEUU e Irán y bloqueo del estrecho de Ormuz— y sus efectos sobre los precios energéticos, añadiendo nuevas incertidumbres sobre el crecimiento económico y la inflación.

Alemania ofrece un buen ejemplo de esta situación. El Gobierno de Friedrich Merz ha revisado a la baja sus previsiones de crecimiento económico al tiempo que incrementa el gasto en defensa y exige mayores esfuerzos de contención presupuestaria en otras áreas. La I+D alemana no se reduce —el proyecto de presupuesto de 2026 contempla un incremento hasta los 17.100 millones de euros—, pero sí opera en un entorno de mayor restricción y con menores márgenes de crecimiento que los previstos inicialmente.

Francia muestra otra vertiente del fenómeno. Su proyecto presupuestario para 2025 ya contemplaba una reducción cercana al 2% en los créditos destinados a Investigación y Enseñanza Superior respecto al ejercicio anterior, quedando además por debajo de la senda prevista en su propia ley de programación de la investigación. A ello se suma el anuncio del primer ministro Sébastien Lecornu de la posible congelación de 6.000 millones de euros de gasto público vinculada a la necesidad de absorber nuevas presiones presupuestarias derivadas de la crisis en Oriente Medio.

El Reino Unido representa una tercera respuesta: la concentración estratégica de recursos. UK Research and Innovation (UKRI) mantiene un presupuesto global creciente, pero bajo el mandato de focalizar sus inversiones en menos ámbitos y alinearlas más estrechamente con las prioridades gubernamentales. Este enfoque obliga a redistribuir recursos y ha abierto un intenso debate sobre el equilibrio entre investigación orientada a misiones y ciencia básica.

El patrón común no es, por tanto, un recorte lineal de la I+D+i, sino una creciente presión fiscal y presupuestaria que empuja a priorizar, concentrar y seleccionar mejor las inversiones. Sobre este escenario planea además el progresivo agotamiento de los fondos Next Generation EU, que han contribuido significativamente al crecimiento de la financiación pública de la innovación en España y, en menor medida, en Euskadi durante los últimos años.

¿Qué oportunidad se abre para Euskadi?

Es precisamente en este contexto donde el caso vasco adquiere especial relevancia.

Mientras algunos sistemas de innovación comienzan a reorganizar sus prioridades para adaptarse a un entorno más restrictivo, Euskadi mantiene una trayectoria de refuerzo de sus capacidades científicas, tecnológicas y empresariales.

En el ámbito público, el Gobierno Vasco aprobó el pasado 19 de mayo la reformulación del PCTI 2030 con el compromiso de incrementar al menos un 6% anual los presupuestos destinados a I+D e innovación durante el periodo 2026-2030.

En el ámbito privado, los datos también muestran una evolución positiva. Según Eustat, el gasto en I+D alcanzó en 2024 un máximo histórico de 2.114 millones de euros, un 5,6% más que el año anterior. Las empresas (incluidos CCTT y CIC) ejecutan el 76,5% y financian el 54,9% del total. En la última década, el gasto en I+D ha crecido un 66%. En relación con el PIB, Euskadi alcanza el 2,30% según el INE, situándose por encima de la media de la Unión Europea (2,24%) y claramente por delante de España (1,50%).

Las previsiones apuntan además a la continuidad de esta tendencia. La estimación de Innobasque prevé que la inversión en I+D crezca un 5,8% en 2026, hasta alcanzar los 2.384 millones de euros, pese a la incertidumbre geopolítica y a la transición hacia el nuevo Programa Marco europeo.

Sin embargo, los matices son relevantes. La financiación pública continúa creciendo con fuerza, impulsada por el Gobierno Vasco y por la ejecución todavía vigente de los fondos Next Generation EU. En cambio, la financiación internacional muestra un retroceso asociado al cambio de programa europeo y al aumento de la competencia por los recursos disponibles.

Y es precisamente ahí donde reside la principal enseñanza. A medida que desaparece el impulso extraordinario de los fondos europeos y aumenta la presión sobre los presupuestos públicos, la ventaja competitiva dependerá cada vez menos de captar más recursos en un entorno crecientemente disputado y más de la capacidad para sostener activos estratégicos propios: talento, investigación, colaboración e innovación.

La oportunidad para Euskadi no consiste únicamente en resistir un ciclo más complejo. Consiste en reforzar aquellas capacidades que determinan su competitividad futura mientras otros territorios se ven obligados a concentrar o ralentizar sus esfuerzos. Se trata de apostar por las prioridades de la estrategia de especialización inteligente de Euskadi (RIS4), tal y como se recoge en la reformulación del PCTI 2030.

En un escenario donde la innovación vuelve a convertirse en una cuestión de prioridades, mantener una apuesta sostenida por la I+D+i puede marcar una diferencia cada vez más relevante en el posicionamiento de Euskadi dentro del ecosistema europeo de innovación.

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