El debate público sobre la inteligencia artificial y el mundo laboral ha puesto el foco, durante mucho tiempo, en la destrucción de empleo. Sin embargo, las previsiones más alarmistas se han ido moderando. El CEO de OpenAI, Sam Altman ha reconocido que esperaba una destrucción de empleo mayor que la observada hasta ahora, mientras que el de Anthropic, Dario Amodei ha matizado sus advertencias apelando a la paradoja de Jevons, según la cual abaratar un servicio puede aumentar su demanda. Mientras tanto, las encuestas de la OCDE muestran que la mayoría de las empresas que adoptan la IA no modifican significativamente sus niveles de empleo.

Cómo afecta la IA al trabajo

La inteligencia artificial recompone tareas: automatiza las más rutinarias y codificables y desplaza el peso humano hacia las que exigen juicio, criterio o relación. Pero esa transformación no llega a todos por igual. El empleo no se hunde, de hecho, sigue creciendo, pero sí cambia su distribución. Un estudio de la Universidad de Stanford muestra que los puestos de entrada de los más jóvenes se han reducido un 16% en las profesiones más expuestas a la IA, donde ésta sustituye el trabajo en lugar de ayudar a mejorarlo, mientras crece el de los trabajadores con experiencia. Más que destruir empleo, la IA está cambiando quién lleva a cabo cada tarea, con el riesgo menos visible de debilitar el primer escalón por el que los jóvenes entran y van ganando experiencia.

Algo parecido ocurre con la calidad del trabajo: la propia OCDE constata que trabajadores y empresas valoran de forma positiva su efecto sobre el rendimiento y las condiciones de trabajo, aunque ese beneficio se reparte de forma desigual. Mientras tanto, en el ámbito de la investigación, un análisis publicado en Nature muestra que la IA multiplica la producción y el impacto de quienes la incorporan, aunque con riesgos como la concentración temática y la pérdida de diversidad.

La cuestión ya no es si la IA sustituirá al empleo, sino cómo y dónde adoptarla para mejorar la productividad y los resultados, reconfigurando la relación entre las capacidades humanas y las tecnológicas.

La productividad aumenta, pero también las diferencias

Un análisis de COTEC e ISEAK concluye que las empresas que incorporan IA ya presentaban niveles de productividad superiores antes de adoptarla. Lejos de corregir estas diferencias previas, la tecnología tiende a ampliarlas. Algo similar ocurre entre las personas trabajadoras. Las encuestas de PwC asocian el uso intensivo de IA con mayores niveles de productividad y mejores salarios, aunque también muestran que el acceso a la formación avanza a distintas velocidades.

Aunque conviene interpretar estos resultados con cautela, ya que muchas veces la evidencia se basa en percepciones declaradas más que en datos reales de productividad, según un estudio de METR. Aun así, la tendencia parece clara: las empresas y personas que integren estas herramientas con éxito obtendrán ventajas crecientes.

Euskadi avanza en adopción, pero afronta una transformación desigual

La transformación digital ya está en marcha en Euskadi. Según Eustat, el porcentaje de empresas de diez o más personas empleadas que utilizan sistemas de inteligencia artificial ha pasado del 4,9 % en 2019 al 17,4 % en 2025. Los datos comparados de Eurostat sitúan además al País Vasco por delante de España y de la media de la UE-27 en adopción empresarial de IA.

Sin embargo, el impacto potencial de esta tecnología no será homogéneo. En la industria, la IA actúa principalmente como una herramienta complementaria orientada a mejorar la productividad, optimizar procesos o reforzar la toma de decisiones. En los servicios avanzados y en buena parte del sistema de I+D e innovación, su capacidad para transformar tareas y perfiles profesionales es considerablemente mayor. El reto, por tanto, no parece ser tanto la sustitución del empleo como la adaptación de competencias, perfiles y modelos organizativos.

La principal barrera no es tecnológica, sino organizativa

Las encuestas muestran que cerca de ocho de cada diez empresas en España que todavía no utilizan inteligencia artificial señalan la falta de conocimiento interno como principal barrera para su adopción. El segundo diagnóstico del BAIC apunta en la misma dirección. Aunque la adopción empresarial de la IA en Euskadi creció un 42 % en 2025, persisten desafíos relacionados con el talento especializado, el escalado de proyectos piloto y la adaptación a los nuevos marcos regulatorios y éticos. No basta con acceder a la tecnología; es necesario desarrollar las capacidades para incorporarla de forma efectiva a los procesos de trabajo.

Todavía queda mucho que hacer para alcanzar la meta fijada por la UE en su programa de la Década Digital para 2030: que el 75 % de las empresas utilicen IA. La respuesta no pasa por disponer estrategias defensivas frente a la automatización, sino por fortalecer la capacidad de absorción y aplicación de la tecnología. Esto implica avanzar hacia modelos de capacitación continua integrados en el ciclo productivo y reforzar la colaboración entre empresas, centros tecnológicos, universidades y administraciones.

La diferencia no la marcará quién tenga acceso a la IA. La marcará quién sea capaz de convertirla en productividad, conocimiento y nuevas capacidades. La brecha más relevante no separará a quienes dispongan de la tecnología de quienes no la tengan, sino a quienes sepan integrarla de quienes no logren hacerlo.

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