Durante años, la seguridad económica se trató sobre todo como una cuestión comercial. Ese marco se ha quedado pequeño. En un blog publicado el 29 de septiembre, Jerry Sheehan y Kévin Magron, director y director adjunto de la Dirección de Ciencia, Tecnología e Innovación de la OCDE, explican cómo esta preocupación ha pasado a orientar decisiones sobre inteligencia artificial, tecnologías cuánticas, semiconductores, acero, datos y cooperación científica. El movimiento del capital privado da una idea de la magnitud del cambio: las empresas de IA concentraron el 62 % del capital riesgo mundial en 2025, más del doble que en 2022. El debate ya no consiste solo en cuánto invertir, sino en cómo reducir dependencias estratégicas sin cerrar los canales internacionales de los que se nutre la innovación.

De la inteligencia artificial al acero: un mismo problema de fondo

El recorrido de la OCDE abarca cinco ámbitos distintos, pero en todos asoma la misma pregunta. En las tecnologías de frontera, la carrera por la IA no se juega únicamente en los modelos: también cuenta quién dispone de la capacidad de cálculo, la infraestructura y las capacidades de investigación necesarias para desarrollarlos. Con la cuántica ocurre algo parecido. En 19 países de la OCDE, el peso de la I+D cuántica en la financiación de I+D adjudicada pasó del 0,4 % en 2015 al 1,1 % en 2023. Según los autores, decidir qué capacidades conviene construir, cuáles pueden adquirirse a proveedores fiables y cuáles requieren cooperación internacional se ha convertido en una cuestión estratégica.

Cuando el foco se desplaza a los insumos críticos, el problema se hace visible en las cadenas de valor. Entre 2020 y 2022, los países de la OCDE acumulaban 49 dependencias comerciales en semiconductores; 29 de ellas correspondían a China. La cifra era un 53 % superior a la registrada entre 2012 y 2014. Como advierte la OCDE, el dato no obliga a fabricar cada componente dentro de las propias fronteras, sino a mapear las dependencias y a distinguir cuáles son asumibles y cuáles pueden generar vulnerabilidades en momentos de disrupción.

La inquietud no se limita a los sectores emergentes. El Steel Outlook 2026 de la OCDE prevé que el exceso de capacidad mundial de acero alcance los 745 millones de toneladas en 2028. También estima que, en 2024, la empresa china mediana recibió, en proporción a sus activos, quince veces más subvenciones que la mediana del resto del mundo. En el terreno digital, cerca de un centenar de medidas de localización de datos vigentes en 40 países a comienzos de 2023 muestran hasta qué punto los flujos de información se están regulando con criterios de seguridad. Esta dependencia, en su vertiente europea, la analizamos en un artículo anterior.

Euskadi ante el nuevo mapa de dependencias

Para Euskadi, este debate tiene una traducción inmediata. Su economía, industrial y abierta, necesita insumos y tecnologías que no siempre produce, al tiempo que compite en mercados donde las ayudas públicas de otros países pueden inclinar la balanza. El acero, estrechamente ligado a la historia industrial vasca, ofrece un ejemplo cercano.

El PCTI Euskadi 2030, reformulado en 2026, ya recoge parte de este cambio de enfoque. Entre sus objetivos estratégicos figura «acelerar la transformación de la industria vasca y reforzar su soberanía tecnológica». Además, sitúa la inteligencia artificial y las tecnologías cuánticas entre las tecnologías estratégicas, con infraestructuras como el IBM-Euskadi Quantum Computer Center (BasQ). El plan responde de este modo a una de las preguntas señaladas por la OCDE: qué capacidades merece la pena desarrollar en casa. Queda otra, igualmente importante. El propio plan alude al «replanteamiento del posicionamiento en las cadenas de valor global»; trasladado a este debate, eso implica conocer de qué socios y proveedores dependen esas capacidades y hasta qué punto están concentradas.

Proteger lo crítico sin levantar muros

La OCDE evita presentar la apertura y la protección como extremos incompatibles. Su propuesta es más pragmática: detectar concentraciones excesivas, reforzar la capacidad de respuesta y proteger aquello que es sensible, sin cortar los vínculos internacionales que sostienen buena parte de la ciencia y la innovación. Desde esta perspectiva, cooperar no debilita la seguridad económica; puede ser precisamente una de las formas de reforzarla.

La idea coincide con la que planteábamos en junio: la soberanía tecnológica «no consiste en producirlo todo en casa, sino en no quedarnos sin opciones». Para el sistema vasco, esto exige método antes que consignas. Hay que separar, con datos, la interdependencia normal de una economía moderna de aquellas concentraciones que pueden convertirse en vulnerabilidades, e identificar las capacidades críticas y sus dependencias antes de decidir dónde intervenir.

Esta tensión se percibe con especial claridad en las universidades y los centros de investigación. En 2025, los países comunicaron a la OCDE unas 250 medidas de seguridad de la investigación, casi diez veces más que en 2018; el número de países que las aplicaban pasó de 12 a 41. Para ordenarlas, la organización propone el marco de las «3P»: promover capacidades estratégicas, proteger la investigación sensible y proyectar los intereses propios. Todo ello debe regirse por tres criterios: proporcionalidad, precisión y colaboración. El PCTI reformulado ya recoge el enfoque europeo en esta materia. Su aplicación concreta en la RVCTI, sin embargo, merece un análisis específico. El éxito, recuerdan Sheehan y Magron, no se medirá por la capacidad de aislarse, sino por hacer que esa interdependencia sea más resistente, más segura y compatible con la innovación.

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