Naciones Unidas ha publicado la segunda edición de su Global Risk Report, basada en una encuesta realizada entre febrero y abril de 2026 a más de 1.300 personas de gobiernos, empresas, sociedad civil y el propio sistema de Naciones Unidas. Los participantes valoraron 28 riesgos globales agrupados en cinco categorías: políticos, económicos, tecnológicos, medioambientales y sociales.

La posibilidad de una guerra a gran escala es el riesgo que más ha escalado desde la primera edición, en 2024: sube dieciséis puestos en la percepción de cuándo podría materializarse. El 36 % de los encuestados la espera en el plazo de un año y el 76 %, en siete años. Pero el informe deja otra señal, menos visible y más directamente relacionada con la innovación: la inteligencia artificial y la tecnología ganan peso en el mapa de riesgos, mientras la capacidad para gestionarlas no avanza al mismo ritmo.

Más preocupación, la misma preparación

El informe no mide solo qué riesgos preocupan más. También analiza hasta qué punto el sistema multilateral está preparado para responder a ellos, teniendo en cuenta factores como el conocimiento disponible, los mecanismos de coordinación y la capacidad de actuación. La vulnerabilidad aumenta cuando un riesgo se considera importante pero la capacidad de respuesta se percibe como insuficiente.

Con ese criterio, los riesgos tecnológicos aparecen entre los más vulnerables. Los asociados a la IA y las tecnologías de frontera, y a la concentración de poder derivada de la tecnología, suben cinco puestos cada uno en importancia. La IA entra además este año entre los diez riesgos más importantes para los encuestados de Europa y Norteamérica La capacidad de respuesta, en cambio, sigue siendo baja: de los 28 riesgos analizados, la concentración de poder tecnológico ocupa el puesto 22 en preparación, la IA el 24, la ruptura de la ciberseguridad el 26 y los desastres de geoingeniería el 27. Es decir, los encuestados sitúan estos riesgos entre aquellos para los que el sistema multilateral está menos preparado para actuar.

El secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, lo resume en el prefacio: en ámbitos como la inteligencia artificial, la innovación avanza más rápido que nuestra capacidad para gobernarla.

Conviene leer estos resultados con cautela, y el propio informe lo advierte: sus clasificaciones miden percepciones, no la evolución real de los riesgos, y pueden reflejar los acontecimientos del momento en que se hizo la encuesta. Su valor está en la comparación entre ediciones, que muestra hacia dónde se desplaza la preocupación de quienes toman decisiones.

La preocupación por los riesgos de la IA crece, pero el sistema internacional sigue siendo el menos preparado para gestionarlos.

El problema no es solo regular, es comprender

El diagnóstico más útil del informe está en los obstáculos. Para los riesgos que evolucionan deprisa y son técnicamente complejos, como la IA o la desinformación, las personas encuestadas señalan como principal barrera la falta de datos e información y subrayan que una comprensión compartida es el primer paso para gestionarlos. En otros riesgos mejor conocidos se sabe qué hacer y lo que falta es financiación. En los tecnológicos, falta todavía entender el problema.

El informe añade otro matiz. La desinformación, el riesgo que se considera más inminente, actúa como canal por el que los efectos de la tecnología se trasladan a la sociedad y la IA es el riesgo más estrechamente conectado con ella. Los riesgos tecnológicos no se quedan en el ámbito tecnológico: se propagan a la cohesión social, a la política y a la confianza en las instituciones.

La respuesta que proponen también es específica. Para los riesgos políticos, la clave es la acción conjunta entre gobiernos. Para la IA, la ciberseguridad o las cadenas de suministro, consideran crucial la cooperación entre gobiernos y sector privado.

En los riesgos tecnológicos, el problema no es solo regular: todavía falta una comprensión compartida de sus riesgos.

¿Qué significa para un ecosistema industrial como el vasco?

Un sistema de innovación de tamaño medio tiene poca capacidad para influir en la gobernanza global de la IA. Pero sí puede reducir su propia brecha de preparación, y el informe apunta cómo hacerlo.

La primera condición es entender mejor las tecnologías que se adoptan y desarrollan, sus riesgos y sus efectos. Si la principal barrera es la falta de información compartida, la capacidad de un ecosistema para generar ese conocimiento y ponerlo en común entre empresas, centros de investigación y administraciones se convierte en un activo. La segunda es la colaboración público-privada, que los encuestados sitúan como la respuesta más eficaz ante los riesgos tecnológicos.

El informe reivindica, por último, la prospectiva estratégica como herramienta para anticipar las consecuencias de las decisiones actuales. En un entorno en el que los riesgos tecnológicos crecen más deprisa que la capacidad para gobernarlos, anticipar deja de ser un ejercicio complementario y pasa a ser una condición para decidir con menos incertidumbre.

La señal de fondo va más allá de la tensión geopolítica. La distancia entre la velocidad de la tecnología y nuestra capacidad para comprenderla y gobernarla empieza a ser, en sí misma, uno de los grandes riesgos del momento.

Anticipar deja de ser un ejercicio complementario y pasa a ser una condición para decidir con menos incertidumbre.

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Agencia Vasca de la Innovación, Innobasque
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