Europa ocupa de nuevo los primeros puestos del Global Innovation Index (GII) 2026: seis de las diez economías más innovadoras del mundo y catorce de las veinticinco primeras son europeas, según la clasificación publicada por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) el 29 de septiembre. Ese liderazgo contrasta con su peso en el capital riesgo: el informe estima que Europa captará este año el 9,9 % del valor mundial, frente al 72,6 % de Norteamérica. El problema no está tanto en generar conocimiento como en convertirlo en empresas capaces de escalar.

¿Qué está cambiando en la innovación mundial?

El informe dibuja un escenario con más recursos, pero también más concentrados. La inversión en conocimiento sigue creciendo: la I+D mundial aumentó un 4,7 % en términos reales en 2024, cuando China superó ligeramente a Estados Unidos en gasto total, y la inversión en I+D de las empresas que más gastan alcanzó en 2025 el récord de 1,5 billones de dólares. El capital riesgo creció un 27,9 % en 2025, pero la IA concentró el 53 % de su valor y el 77 % en el primer semestre de 2026, mientras el número de operaciones caía por cuarto año consecutivo. No faltan recursos; se concentran cada vez más en unas pocas tecnologías, empresas y operaciones.

¿Dónde se atascan las empresas de deep science?

El tema especial de esta edición analiza las empresas de deep science, nacidas de avances científicos y de la investigación de frontera en ámbitos como los materiales avanzados, la energía, la biotecnología o los semiconductores. Un nuevo rastreador elaborado con Dealroom identifica más de 30.000 empresas respaldadas por capital riesgo y creadas desde el año 2000. Su conclusión central es que el principal cuello de botella ya no está en inventar, sino en industrializar: transformar los avances científicos y los proyectos piloto en soluciones comerciales y empresas rentables. Europa ilustra bien el problema: alrededor del 5 % de las empresas identificadas se encuentran en fase avanzada, frente a cerca del 15 % en Norteamérica.

La Comisión Europea llega a una conclusión similar en un informe publicado el 1 de octubre: Europa sigue siendo una potencia científica, pero tiene menos éxito en convertir esa fortaleza en tecnologías estratégicas, liderazgo de mercado y crecimiento de la productividad. Entre los obstáculos señala la financiación, la valorización del conocimiento y el despliegue tecnológico, que dificultan que los descubrimientos lleguen al mercado.

¿Qué está ocurriendo en Euskadi?

El GII mide países y su rastreador no ofrece datos desagregados para Euskadi. Aunque las fuentes propias utilizan definiciones distintas y no permiten seguir directamente la trayectoria de las empresas de deep science, sí aportan indicios coherentes con el diagnóstico.

Euskadi dispone de una base científica sólida: en 2024 produjo 8.190 publicaciones, el 64 % de ellas en revistas del primer cuartil, casi un 10 % más que en 2020. Sin embargo, esa fortaleza no garantiza que los resultados de la investigación se conviertan en empresas capaces de crecer. Los datos de Up! Euskadi para 2021-2025, elaborados con Dealroom, muestran algunas señales de esa transición: la inversión anual en rondas presemilla (pre-seed) se mantiene en torno a 6,5 millones de euros, la captada en rondas Serie B continúa en niveles similares a los de 2021 y una parte significativa del capital se concentra en pocas operaciones.

Escalar exige también demanda temprana y primeros clientes que validen las soluciones en condiciones reales. Una de las palancas destacadas por el GII, la compra pública de innovación, representó el 1,64 % de las licitaciones vascas entre 2018 y 2023, frente al 1,81 % europeo[1]. A esta vía se suma el refuerzo de la financiación del crecimiento: en abril de 2026, el Gobierno Vasco constituyó Hazten Scale-up, un fondo de 50 millones de euros para acelerar el crecimiento de las startups vascas, en línea con el Scaleup Europe Fund impulsado por la Comisión Europea.

¿Cómo convertimos pilotos en empresas?

Si el principal freno está en la industrialización, no basta con generar ciencia: hacen falta infraestructuras de ensayo y plantas piloto compartidas, capacidad de certificación e industria dispuesta a actuar como primer cliente. Para afrontar este reto, el sistema vasco dispone de una red de centros tecnológicos y de investigación y de una sólida base manufacturera. La oportunidad está en facilitar que las nuevas empresas utilicen esas capacidades para avanzar hacia la producción industrial.

Para Euskadi, las recomendaciones del GII se traducen en reforzar toda la cadena del laboratorio al mercado: profesionalizar la transferencia, compartir el acceso a las infraestructuras y estimular una demanda temprana, pública y privada, que transforme los pilotos en pedidos recurrentes. El avance debería medirse también por resultados posteriores, como la inversión de seguimiento o la llegada a producción, y no solo por el número de empresas creadas.

En el marco del PCTI Euskadi 2030, no basta con preguntar cuántas empresas de deep science crea Euskadi: importa saber cuántas avanzan del laboratorio al piloto, del piloto al mercado y del mercado a la escala industrial. El GII advierte de que estas palancas no garantizan el éxito, pero su ausencia explica con frecuencia que las empresas se estanquen.


[1] Informe COTEC: porcentaje de contratos que incluyen al menos dos criterios de innovación.

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