El debate sobre el futuro programa marco europeo de investigación e innovación —FP10— ha comenzado antes incluso de que concluya Horizonte Europa. Y lo hace en un contexto marcado por una doble presión: reforzar la competitividad industrial de la Unión y, al mismo tiempo, no debilitar el ecosistema científico que la sustenta. Dos recientes artículos publicados por Science Business recogen las advertencias de expertos y eurodiputados sobre el rumbo que podría tomar esta próxima etapa.
Por un lado, el foco está puesto en el Fondo Europeo de Competitividad propuesto por la Comisión, concebido como un instrumento para reforzar sectores estratégicos y tecnologías críticas frente a la competencia global, especialmente de Estados Unidos y China. Sin embargo, diversos analistas advierten de que su diseño actual podría generar duplicidades, fragmentación institucional y una excesiva orientación a corto plazo. La preocupación no es menor: Europa necesita reforzar su músculo industrial, pero hacerlo a costa de desdibujar el marco de investigación e innovación consolidado durante décadas podría resultar contraproducente.
El riesgo señalado es que el nuevo fondo priorice proyectos cercanos al mercado, centrados en escalado y despliegue industrial, en detrimento de la investigación colaborativa transnacional que ha caracterizado a los programas marco. Algunos expertos plantean que, en lugar de crear estructuras paralelas, sería más eficaz fortalecer los instrumentos existentes y mejorar su alineación con las prioridades estratégicas europeas. La clave no estaría tanto en multiplicar fondos como en dotarlos de coherencia y visión sistémica.
En paralelo se lanza un mensaje igualmente contundente desde el Parlamento Europeo: no sacrificar la investigación básica en nombre de la competitividad. Varios eurodiputados han insistido en que el próximo programa marco debe preservar —e incluso reforzar— el apoyo a la ciencia fundamental, incluida la financiación del Consejo Europeo de Investigación (ERC). El argumento es claro: sin una base sólida de conocimiento disruptivo, la competitividad a largo plazo se erosiona.
Reforzar la industria sin debilitar la ciencia es el delicado equilibrio que marcará el futuro tecnológico europeo.
Esta tensión se intensifica en un entorno geopolítico que exige resultados tangibles y rápidos. La presión por acortar los ciclos de innovación y traducir la inversión pública en autonomía estratégica puede llevar a privilegiar tecnologías maduras o sectores considerados críticos. Sin embargo, la historia de la innovación europea demuestra que muchos de los avances industriales más transformadores tienen su origen en investigaciones exploratorias sin aplicación inmediata.
El debate sobre FP10 refleja, en el fondo, una cuestión estructural: ¿qué modelo de competitividad quiere Europa? Si se entiende la competitividad como la capacidad de reaccionar rápidamente ante crisis y rivalidades globales, la tentación será concentrar recursos en instrumentos dirigidos y de impacto inmediato. Pero si se concibe como la capacidad sostenida de generar conocimiento, talento y tecnologías propias, entonces la inversión en ciencia abierta y colaborativa se convierte en un pilar irrenunciable.
Además, la arquitectura institucional importa. Los expertos citados advierten de que una excesiva centralización o una gobernanza poco clara del nuevo Fondo de Competitividad podría generar fricciones con los Estados miembro y con los programas existentes. Europa ya cuenta con una compleja constelación de instrumentos —desde el propio Horizonte Europa hasta el Innovation Fund o los IPCEI— y el reto no es solo financiero, sino de coordinación estratégica.
En este contexto la cuestión no es elegir entre ciencia básica o aplicación industrial, sino articular una cadena de valor completa que conecte descubrimiento, desarrollo y despliegue. Romper ese equilibrio podría debilitar tanto la excelencia científica como la capacidad industrial.
Para regiones con fuerte apuesta por la innovación, como Euskadi, el debate no es ajeno. La configuración del próximo programa marco condicionará oportunidades de financiación, redes de colaboración y posicionamiento en cadenas de valor estratégicas. Una FP10 que combine ambición industrial con una base científica robusta reforzará los ecosistemas regionales que han sabido integrar investigación, empresa y políticas públicas.
La urgencia geopolítica no debería comprometer la inversión en conocimiento a largo plazo.




